Aquel día, la volvió a ver.
Fue tan solo un instante, pero sin duda allí estaba. Bailando, sonriente y llena de vida, al son de una música que sólo ella parecía oír. Por un momento se quedó de piedra, preguntándose hasta qué punto aquel singular espectáculo era fruto de su imaginación.
Era sin duda la misma chica que ya había visto en otra ocasión, cuando descansaba frente al fuego. Aquella primera vez, se sobresaltó pensando que era alguna clase de brujería, y no dijo nada por miedo a que pensaran que estaba poseído. Pero aquella vez era distinto. A pesar de sus extrañas ropas, no sintió ningún miedo, tan solo asombro y fascinación. Aquello no podía ser fruto de ningún demonio. Y si lo era, no le importaba.
Cuando desapareció, salió de su ensoñación con un sobresalto, y le pareció oír un ruido amortiguado, como si algo hubiera caído, pero al volverse sólo vio a su hermano, que acababa de llegar de traer agua del pozo. Lo miró extrañado, y le dijo:
-Deja ya tus fantasías y ve a ayudar a padre, que tiene que llevar unos cerdos al castillo para el banquete del barón. Y no te entretengas por el camino.
Ruborizado y sin decir palabra, salió de la pequeña choza en dirección al corral, preguntándose una y otra vez quién sería aquella chica que sólo él parecía ver.