domingo, 17 de mayo de 2015

I

Cuando Ana salió de la habitación, el jarrón ya estaba roto. Ella solamente había estado leyendo en el sofá. O al menos, eso es lo que le dijo a su madre cuando esta preguntó qué había pasado. Realmente había estado leyendo un buen rato, pero luego encendió su mp3 y se puso a bailar, descalza y feliz, en el centro del salón. Y cuando se cansó de dar vueltas, fue a por un vaso de agua, pero sin dejar de escuchar música. Por eso no escuchó que el jarrón cayera al suelo. Y como no estaba en el salón, tampoco vio nada.
Por un momento, cuando su madre llegó y empezó a gritar, creyó que había sido ella la responsable. Mientras bailaba se había chocado contra el mueble en el que estaba colocada la pieza de cerámica, pero como estaba tan concentrada en la música apenas le prestó atención. Por eso aseguró que no se había movido del sofá. Y como en la casa no había nadie más que ella, su madre no la creyó.

domingo, 10 de mayo de 2015

El viajero

Érase una vez un viajero. Su procedencia era tan desconocida como irrelevante, y el destino de sus viajes era un misterio hasta para él. Nunca permanecía demasiado tiempo en ningún lugar, pues buscaba encontrar un sitio del que no quisiera marcharse. En sus aventuras siempre aprendía cosas nuevas, y avanzaba cada vez más sabio.

En una ocasión, en un pequeño pueblo al norte del país, se encontró con un anciano que pasaba toda la noche en vela, mirando hacia el oeste. Durante el poco tiempo que se quedó allí, observó a aquel hombre sentarse con la vista fija en ninguna parte, sonriendo ilusionado, hasta que amanecía y se iba a dormir, hasta su siguiente vigilia.
- Es estadística, - dijo cuando el viajero le preguntó el motivo de su fijación - algún día el sol empezará a salir por allí, y yo quiero ser el primero en verlo.

En otro de sus viajes, mientras cruzaba el puente que atravesaba el río más largo de la región, se percató de que había un grupo de niños que recogían piedrecitas en la orilla. El viajero se paró a observarles. Cada niño, al parecer, buscaba piedras de un color diferente. Pasado un rato, los niños contaron cuántas tenían, en voz alta. Aquél con mayor número de piedras fue nombrado jefe, y los que habían recogido menos recibieron la tarea de obedecerle. Los chavales con un número de piedras intermedio se dedicaron a ayudar al jefe a buscar más, al mismo tiempo que ponían trabas a los que tenían menos.

En otra ocasión llegó a una ciudad sin nombre. Cuando atravesó sus puertas, nadie vino a recibirle ni dio muestras de haberse percatado de su presencia. Esto le sorprendió, pues en todos los lugares por los que pasaba había alguien que se acercaba y le ofrecía hospitalidad. Sin embargo, en aquel lugar nadie parecía siquiera verle. Extrañado, vagó por la ciudad un buen rato, hasta que un hombre comenzó a hablarle.
-Nadie va a recibirte aquí, forastero, - le dijo - pues desde hace generaciones la gente en esta ciudad nace sin el don de la vista. Ahora ya nadie sale al exterior, puesto que no conocen nada más allá de las paredes de sus casas, y temen perderse por los caminos.
Cuando le preguntó por qué él podía verle, le contestó:
-Un día, sin previo aviso, recuperé la vista. Ignoro el por qué, pero al decírselo a mi familia y amigos, nadie me creyó. Traté de describirles lo que veía, pero como no había nadie en la ciudad que hubiera visto aquellas cosas, me acusaron de mentir y de inventarlo todo, y me declararon loco e inválido. Así que hace tiempo que vivo como un lisiado, y me conformo con pobres limosnas.
Muy afectado por lo que aquel hombre le contó, se marchó de la ciudad dejándole unas monedas.


Acabó en otro de sus viajes en una ciudad cuyo alcalde era un hombre amable y sabio. Tuvo la suerte de poder hablar con él mientras visitaba el ayuntamiento una tarde, y quedó muy impresionado por las ideas que tenía para ir mejorando la productividad de la ciudad. Viendo que el viajero era sabio, el alcalde le habló largo y tendido de las mejoras que quería implantar en la infraestructura de la parte antigua de la ciudad y las medidas que iba a tomar contra el desempleo y para favorecer a las clases sociales más necesitadas. Charlaron sobre actividades para fomentar el turismo y la cultura, discutieron de las ventajas de ciertos modelos de educación. Y cuando el viajero estaba decidido a quedarse a vivir en aquella ciudad, se despertó.

domingo, 26 de abril de 2015

Lluvia.

I
Lágrimas del cielo
riegan árboles de piedra
con raíces de metal.



II
Luz que parpadea.
Farola en la tormenta
se mira en el agua.

domingo, 19 de abril de 2015

Historias sin justicia (II)

399 aC

Sócrates, el famoso filósofo ateniense. Había oído hablar de él en Mileto, pero no creí que tendría oportunidad de verlo alguna vez. Y menos aún para ser juzgado.
El Arconte pidió silencio. El numeroso jurado escuchaba atentamente, mientras los acusadores preparaban su discurso. Parecía que toda la ciudad se hubiera congregado para oír hablar a Sócrates. En el Ágora no se oía otro sonido que no fuera la potente voz del Arconte. Solemnemente, leyó los cargos de los que se le acusaba:


-Sócrates, maestro filósofo, estamos hoy aquí para juzgar tu culpa de los crímenes de corrupción a los jóvenes e impiedad. Ahora, la acusación ofrecerá su discurso, y luego el acusado tendrá derecho a defender su inocencia.
El semblante se Sócrates era sereno. Ni siquiera la terrible magnitud de los crímenes de que se le acusaba parecía tener efecto en él. Todos sabían que el dominio de la retórica del maestro estaba más que probado, pero las penas por impiedad eran muy duras, y los atenienses no veían con buenos ojos que se insultara a los dioses.


Observé cómo un hombre se acercaba para pronunciar su discurso. Oí susurrar que se trataba de Licón, uno de los acusadores que habían presentado cargos. La multitud casi contuvo el aliento mientras Licón ofrecía su discurso. En él acusó a Sócrates de haber instruido a los jóvenes para que negaran los valores ancestrales de Atenas y de instarlos a criticar la propia democracia. Incluso sugirió que había instruido a traidores contra la patria, recordando a Critias, su antiguo discípulo, que formó parte de los infames Treinta Tiranos, que gobernaron Atenas tras su derrota a manos de Esparta. Algunas personas empezaron a proferir insultos contra el filósofo, pero eran inmediatamente silenciados por el resto de la multitud. El joven que estaba a mi lado negaba con la cabeza con una mueca de indignación.
Cuando Licón hubo terminado, fue el turno de Sócrates, que se defendió de cada uno de los cargos de los que se le acusaba con elegancia y una oratoria brillante. Oyéndole me cercioré de lo justificado de su fama. Los que antes habían proferido insultos contra él ahora callaban. Uno a uno desmontó los argumentos de su acusador, demostrando un conocimiento de las leyes fuera de toda duda. Incluso el jurado parecía conmovido por la fuerza de su discurso. Cuando terminó su disertación, el Arconte aún tardó un momento en declamar:
-Una vez oído el discurso de ambas partes, ¿qué pena pide la acusación?
Licón se levantó, y con voz grave dijo:
-Pedimos la pena de muerte por envenenamiento.
La multitud empezó a murmurar mientras el Arconte pedía al jurado que votara la propuesta. Éste se mostró favorable a la condena, pero por un estrecho margen, insuficiente para levantar el veredicto. El joven a mi lado me miró esperanzado. Tal vez fuera uno de sus discípulos, esperando para ver la suerte que corría su maestro. Sócrates expresó entonces su sorpresa ante la flaqueza de los argumentos que servían para condenarle. Esto levantó quejas de parte del jurado y de la multitud, desaprobando su falta de conciencia.
El juicio continuó. La acusación se levantaba al completo, airada, mientras ofrecían sus razones con vehemencia. Sócrates respondía, casi con tono burlón, ofreciéndose a pagar sumas irrisorias o a organizar banquetes públicos para evitar su condena, lo que enfurecía aún más al gentío. Aquel hombre estaba cavando su propia fosa. Se negó a disculparse públicamente, sabiendo que aquello sería su perdición. Sus acusadores cada vez lo increpaban con más fuerza, pero Sócrates mantenía su negativa, sereno.

Una vez hubieron acabado los discursos, el Arconte pidió, casi a gritos, una segunda votación. Esta vez, casi todo el jurado estuvo de acuerdo con la pena propuesta. Una aclamación corrió por todo el Ágora. Sócrates había sido condenado a muerte.
Yo asistí a la escena incrédulo. La serenidad de aquel hombre ante su condena era algo incomprensible. Si sólo hubiera pedido perdón, se habría salvado. Pero decidió no hacerlo. Y aún así encontró la fuerza para mantenerse impasible ante la muerte. Miré al joven a mi lado, que tenía una expresión desolada en su rostro. Le dije en tono conciliador, procurando que nadie me oyera:


-Quizás aún pueda huir al exilio. Dada su fama, la gente lo aceptará, y dudo que lo persigan.
Me miró con una expresión de abatimiento, y contestó:
-No lo hará. Ya intentamos persuadirle, pero él acatará el veredicto. No desobedecerá las leyes de Atenas, a pesar de que por éstas ha sido acusado injustamente.


El Arconte dio por finalizado el juicio, y la gente comenzó a retirarse, comentando la condena con satisfacción. Incluso los que antes lo defendían admitían su impiedad y lo justo de la pena. Intenté ver a Sócrates por última vez, pero el gentío me lo impidió. Ahora debía ir a su casa y envenenarse él mismo con cicuta para acatar el veredicto. Una muerte tranquila.
El joven se despidió de mí cortésmente, y me dijo:
-Ahora debo ir con mi maestro, pues quiero compartir con él sus últimos momentos.
-Triste final para un hombre como él.
-Él no hubiera aceptado huir a su destino. Este final es el único que aceptará. Pero lo hará de buen grado, porque no ha renunciado a las ideas que nos enseñó, y que son su posesión más valiosa.
Miré largamente a aquel joven, que parecía irradiar una autoridad y una sabiduría impropias de alguien de su edad. Tal vez se convirtiera en un digno sucesor de su maestro algún día. Finalmente, le ofrecí mi nombre, y él me ofreció el suyo:
-Mi nombre es Arístocles, hijo de Aristón, mas mucha gente me llama Platón. Espero que nos volvamos a ver, y que los hados iluminen tu camino.

Mientras volvía a casa de mi anfitrión, no cesaba de pensar en aquel hombre que, en esos instantes, se dirigía hacia su muerte. En cómo me había sorprendido su entereza ante un destino terrible. Y pensé en la justicia, que él había jurado defender, y que ahora lo conduciría, irremediablemente, a la barca de Caronte.

2115


Sócrates. Ese nombre me sonaba. Había leído cosas sobre ese señor, un filósofo griego, revolucionario, que murió por no renunciar a sus ideales. Admirable cuanto menos. El hombre que tenía delante se llamaba igual que él, y también era de ideas revolucionarias. Parecía que la gente lo respetaba. Por lo que pude averiguar de las conversaciones que oía, este Sócrates era un activista que pretendía cambiar la situación política en la que se encuentra su país. Con situación política me refiero, por supuesto, al régimen que controlaba las vidas de los ciudadanos. 
Tengo que decir que al ser un turista no podía hacerme una idea de si realmente era tan totalitario como decían los ciudadanos que lograban cruzar las fronteras de Grecia. Según ellos la represión era terrible, la calidad de vida, pésima, y cada vez tenían menos formas de comunicarse con el exterior. Por lo que había leído en los periódicos, el régimen se instauró hace más de veinte años tras una dura crisis económica. Un grupo de ricos se hizo con el control del ejército, militarizó la policía, que ahora llaman fuerzas de seguridad, y comenzó a recortar sueldos y libertades. 
Sócrates era de los pocos que se atrevían a quejarse en voz alta, y los muchachos que me rodeaban parecía que también. Todos miraban fijamente hacia el atril frente al cual estaban los tres hombres junto con el jurado. Se leyeron los cargos de los que se acusaba a Sócrates, instigar la revolución y actuar en contra de los ideales propios de Grecia. Lejos de parecer preocupado, él sonreía, con la cabeza baja. La multitud estaba intranquila durante el discurso de la acusación, y se escucharon algunos gritos que fueron rápidamente acallados. Me di cuenta de la cantidad de agentes de policía que nos rodeaban y me empecé a preocupar Cuando acabó el discurso, vi cómo sacaban arrestados a algunos de los asistentes al juicio.
Luego llegó el turno de Sócrates de defenderse, y vaya si lo hizo. Habló de la libertad, del amor por el conocimiento, de cómo las medidas que llevaron al régimen actual fueron equivocadas. De que es posible salir a flote de nuevo, porque no todo está perdido. Hasta yo estaba emocionado. El muchacho que tenía a mi lado hablaba apresuradamente con sus compañeros. Parecía convencido de que el juicio iba a acabar mal. Los demás asentían y comentaban, con tristeza, que si le estaban dejando hablar tanto en público sobre sus ideas era por algún motivo. Y efectivamente, cuando Sócrates calló, un miembro de la jurado sacó unos documentos que detallaban un episodio de violencia juvenil del acusado. Por la cara que pusieron los jóvenes que me rodean, entendí que eso era suficiente para desmontar su discurso. Cuando el jurado condenó a Sócrates a muerte, la mayor parte del público parecía de acuerdo. Miré a mi alrededor y noté que la policía estaba preparada para atacar, y entonces me di cuenta de que nadie estaba de acuerdo, pero temían las represalias. Sócrates empezó a decir algo parecido, pero en ese momento se lo llevaron a empujones. 
El chico que me habló al principio del juicio se giró hacia mí y me dijo, entre susurros:
-Ya sabía que iba a acabar así.
-¿Por qué le condenan por algo distinto a aquello de lo que le acusaban?
-Porque necesitan quitárselo de enmedio.
-Pero eso no es justicia. Y estoy seguro de que con su dominio de la retórica podría demostrar que es injusto.
-Claro que podría, pero no lo hará. Y todos los ciudadanos volverán a sus casas enfurecidos.
-Entonces, ¿le da igual morir por una condena injusta?
-Él sabía los riesgos. Todos los sabíamos, y aun así decidimos seguir adelante con la resistencia. Él es el que daba la cara, pero todos sabemos el mensaje. Y seguiremos extendiéndolo por el país hasta que cobre la fuerza suficiente.
-¿Y entonces?
-Entonces empezará la revolución, y la muerte de Sócrates no habrá sido en vano.


Me despedí de los chicos y me alejé apresuradamente de la plaza. Justicia, qué concepto tan curioso. Al llegar al hostal, abro mi maleta sobre la cama y meto toda la ropa que había sacado de la misma el día anterior. Aún intentando procesar lo que acababa de presenciar, recogí todas mis pertenencias y me marché. Caminé hasta el embarcadero y me compré un billete para el próximo barco. Me sentía asqueado por el hecho de que había ignorado, como el resto del mundo, la situación en la que se encontraba Grecia. No había querido creer que fuese para tanto, y había tenido que presenciar la condena de un hombre justo para empezar a creer en la injusticia. 
Quizás no es demasiado tarde, quizás cuando llegue a casa podré convencer al mundo de que hay que buscar el modo de cambiar nuestro punto de vista.

domingo, 12 de abril de 2015

Historias sin justicia (I)

399 aC
Dejé la casa de mi anfitrión por la mañana temprano para pasear por la ciudad. El viejo Aetos es muy gentil, pero necesitaba una mañana lejos de sus interminables charlas sobre las gestas de Teseo. Después de una preocupada disertación sobre lo poco apropiado que resultaba que un extranjero deambulara solo por las calles de la ciudad, conseguí convencerle para que me privara de su presencia en mi paseo.

Atenas estaba preciosa aquella mañana. La colina de la Acrópolis, majestuosa y terrible, se alzaba sobre la ciudad, con sus imponentes templos dedicados a la diosa Atenea. Ante ella, el teatro de Dionisos, vacío a una hora tan temprana, pero aun así igualmente magnífico. Perdiéndome entre sus calles contemplé el Areópago, donde se reúne el Consejo, y seguí adelante hasta lo que consideraba el destino de mi paseo: el Ágora.
El mercado bullía de actividad, con los vendedores anunciando sus mercancías a los cientos de mujeres con sus esclavos que hacían la compra. En la Estoa Pecile grupos de apasionados oradores discutían sobre los más diversos temas. El corazón de Atenas palpitaba de vida. Hasta que, de repente, una multitud empezó a congregarse en los juzgados.

Las mujeres que hasta entonces regateaban se habían esfumado, los oradores de la Estoa callaban y se dirigían a buen paso hacia la multitud. Como movido por un sortilegio, también me dirigí hacia allí. Tal vez los forasteros no fueran bienvenidos en aquel acto del que yo nada sabía, pero en aquel momento no me preocuparon las rígidas normas atenienses. Mi curiosidad se impuso.
Cuanto más me acercaba, más intenso se hacía el murmullo de la multitud. Trataba de oír todas las conversaciones por si alguna me revelaba la naturaleza del revuelo, pero eran demasiadas voces para prestarles atención. Cuando finalmente me detuve, pude oír a alguien gritar:
-¡Mirad, es el hijo de Antemión! ¡Y el poeta Meleto! ¡Vienen junto al arconte!

Por lo que pude ver entre la multitud, un nutrido grupo de gente se dirigía al juzgado. Un juicio tan importante debía ser un acontecimiento en Atenas. Di unos cuantos empujones para acercarme más, hasta que acabé detrás de una pareja de hombres que hablaban airadamente:

-Es una vergüenza. Le han ordenado presentarse, pero no tienen pruebas contra él. Este juicio un disparate.

-¿Disparate? ¡Él educó a traidores contra nuestra patria e insulta a nuestros dioses! ¡Merece un castigo!

De repente, un silencio cayó sobre todos los presentes. Estaba llegando al juzgado un hombre bajito, más bien rechoncho, con una larga barba y unos rasgos poco agradables. No parecía una persona muy notable, pero el silencio que producía a su paso era revelador. Todos fijaban la vista en él, que se dirigía con paso decidido hacia el interior del edificio. Sin pensarlo, me dirigí a un joven que estaba a mi lado y le pregunté qué estaba ocurriendo. Me miró de forma extraña y murmuró, como con miedo de romper aquel silencio:

-¿Es que no lo sabes? Por fin ha llegado el día. Hoy van a juzgar a Sócrates.

2115
Cuando salí del hostal aquella mañana me crucé por primera vez con la dueña, una señora bajita, con arrugas y una sonrisa afable que me preguntó a dónde iba. Le contesté que, como acababa de llegar a Grecia, lo que quería era aprender a moverme por la zona y también hacer turismo si era posible, ya que no se me da bien orientarme. La señora me preguntó que si necesitaba ayuda con algo que la avisara, a ella o a su hijo, pero negué con la cabeza. Luego salí a la calle.

Decidido a no sacar el mapa, recorrí algunas calles girando al azar, hasta que llegué a una pequeña plaza en la que había, además de una pared llena de grafiti y un kiosco cerrado, un pequeño mercadillo callejero. Este consistía en varias mesas repletas de objetos diversos dispuestas en semicírculo. No estaba muy concurrido, así que los vendedores estaban sentados charlando en un banco cerca del kiosco. Me acerqué a mirar las antigüedades que estaban a la venta y sentí el impulso de comprar un reloj de pulsera, que parecía tener unos cien años. No podía creerme que se pudieran vender cosas como esas, más en la situación en la que se encontraba Grecia. Sea como fuere, acabé comprando el reloj y le pregunté al hombre que me lo vendió si podía indicarme el camino al Nuevo Palacio de Justicia.

Tras su explicación, caminé por algunas calles desérticas. Anduve unos minutos hasta que llegué a una calle bastante ancha en la que había congregada una multitud. Me encontraba ya frente al Palacio de Justicia, situado en el mismo lugar donde primero estuviese el ágora y más tarde el museo nacional, que fue trasladado a las afueras de la ciudad durante el régimen actual.

Intenté acercarme al juzgado, porque mi naturaleza curiosa así me lo pedía, pero me resultaba muy difícil abrirme paso entre la multitud. La gente susurraba cosas que no entendía del todo, pero parecían esperar que pasara algo bueno. Al cabo de unos minutos aparecieron en los escalones del edificio dos de los dirigentes del Nuevo Sistema Griego, seguidos por un hombre alto, con barba y aspecto sereno. Mientras se acercaban hacia el atril, todos los presentes dejaron de murmurar. Era evidente que pasaba algo importante, así que pregunté a uno de los muchachos que tenía cerca. Giró la cabeza y murmuró, como con miedo de romper aquel silencio:


-¿Es que no lo sabes? Por fin ha llegado el día. Hoy van a juzgar a Sócrates.

domingo, 15 de marzo de 2015

En tierra de nadie (Parte III)

Aún no se qué me ha impulsado a no gritar. Una sola voz y el centinela habría venido a rescatarme. Podría haber dicho que aquel soldado estaba tomándome como prisionero. Pero por alguna razón que no llego a comprender, decido confiar en él, a pesar de que habría saqueado mi cadáver sin detenerse a pensar. Mientras esperamos a que el centinela se aleje, me doy cuenta de que no sé nada del hombre que está a mi lado. Tampoco es que importe. Al fin y al cabo, estamos en guerra. En este fango no hay bandos. Sólo cadáveres. Y lo único que impide que yo sea uno de ellos al final de esta noche es ese soldado que dicen que es mi enemigo. Me mira largamente con la duda en sus ojos. Le devuelvo la mirada más tranquilizadora que puedo a pesar del dolor de mi pierna, casi insoportable en esta postura, y parece entenderlo. Casi no nos atrevemos a respirar mientras el centinela se aleja.

Permanezco en silencio intentando no moverme mientras oigo las pisadas del enemigo alejándose. No me ha delatado. De hecho, mientras el otro soldado pasaba cerca nuestra me ha parecido que me miraba como si fuéramos compañeros, no enemigos. No puedo evitar acordarme de mi hermano, caído en combate hace menos de una semana. Nos alistamos juntos, y me salvó el pellejo en más de una ocasión. Entre los dos levantábamos el ánimo de la tropa, y tras su muerte me sentí tan perdido que empecé a saquear cadáveres. Miro al hombre que tengo al lado y me doy cuenta de que me recuerda a él. A mi hermano. Maldita sea. Poco a poco me pongo en pie. No veo al centinela por ninguna parte, así que ayudo al teniente enemigo a levantarse.

Ahogo un grito cuando el soldado me ayuda a levantarme. No debemos estar lejos de mis líneas. Empezamos a andar con mucha cautela. Si tenemos que volver a echarnos al suelo, no sé si podré levantarme. Estoy a punto de desfallecer, pero ahora no me lo puedo permitir. Mientras avanzamos penosamente, oigo la respiración entrecortada del soldado. No sé por qué me ayuda, pero siento que cada paso que da junto a mí es una deuda impagable. Tal vez mañana, en el fragor del combate, podamos matarnos el uno al otro. Tal vez nunca vuelva a oír hablar de este hombre. Ni siquiera sé si llegaré a saber cómo se llama. Sólo sé que desde el momento en que decidió no apuñalarme por la espalda dejó de ser mi enemigo. De repente, me parece distinguir una luz parpadeante en la oscuridad. Sin duda es una de las lámparas que usan en los puestos avanzados. Ya falta poco.   

Estamos cerca. Me pongo nervioso porque no sé qué va a pasar ahora. No puedo llevarle hasta la enfermería. Supongo que lo más fácil sería dejarle todo lo cerca que pueda y luego largarme corriendo. Le miro. Tiene la vista fija en las luces, que aumentan a medida que nos acercamos a la línea. Ya no sé si puedo pensar en ellos como enemigos, lo cual es absurdo porque solo uno de ellos me ha ayudado. El resto bien podría matarme si me viera. Antes creía que este hombre  intentaba mantenerme con vida solo para llegar a su campamento, pero tras lo del centinela no estoy tan seguro. Me paro. Si seguimos avanzando, la luz nos iluminaría demasiado y podrían verme.

No podemos acercarnos más. El soldado me suelta y, sin saber cómo, encuentro la fuerza para quedarme en pie y mirarle a la cara. La tenue luz ilumina su rostro cansado. El rostro del hombre que acaba de salvarme la vida. Me quedo allí parado tratando de encontrar una manera de darle las gracias, a pesar de no saber ni una palabra de su idioma.

Nos miramos y puedo ver el agradecimiento en sus ojos. Sonrío y, lentamente, doy un paso hacia atrás, para alejarme del campamento. Él me sigue mirando, puede que intentando darme las gracias, puede que intentando no gritar de dolor. Levanto las manos en un gesto que pretende decir “de nada”, y sonrío. Quizás con demasiada tristeza. Me doy la vuelta y empiezo a alejarme.


Con ese último gesto sé que me ha entendido. Hasta me ha parecido verle sonreír. A duras penas, me dirijo hacia la luz. En unas semanas, me devolverán al frente y todo volverá a empezar. Volveremos a ser enemigos. Pero esta noche no. Esta noche, la guerra se había detenido. No éramos dos uniformes de bandos contrarios. Y mientras oigo al guardia del puesto venir a socorrerme, sonrío pensando en estas horas en que logramos, en medio del caos y la muerte, volver a ser seres humanos.