Mostrando entradas con la etiqueta diálogo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta diálogo. Mostrar todas las entradas

jueves, 24 de septiembre de 2015

Muerte en la mansión Crawford (V)

- Buenas tardes - dices al hombre que te abre la puerta, un tipo delgado, pálido y bastante alto, cuyos ojos hundidos te miran con cierto aire de superioridad. Si no fuera por su atuendo habrías pensado que se trataba de un okupa.
- ¿Quién es? ¿Qué quiere? Si es otro periodista le advierto que sus otros compañeros se han ido de vacío, y con usted no será distinto.
- No, no soy un periodista. Soy detective, estoy aquí para hacerle algunas preguntas que sí debe responder.
- ¿Trabaja para la policía? También estuvieron aquí hace un rato, y no creo que tenga más respuestas para…
De repente, oyes una voz que proviene del interior de la casa.
-Herbert, ¿quién es? ¿Otro caballero de la prensa preguntando por tu pobre hermano?
-No, madre, dice que es detective, y que tiene preguntas que hacernos.
-Pues hazle pasar, no va a quedarse en la puerta.
Herbert se hace a un lado y te permite entrar en la casa. La mayor parte de puertas del pasillo están abiertas y se pueden ver objetos diversos apilados en montones.
- Buenas tardes, señora Crawford. - Dices cuando llegas frente a ella. - Vengo a hacerle algunas preguntas a su hijo.
- Buenas tardes, joven. Disculpe los modales de mi hijo, pero ha sido un día muy largo. Toda la ciudad parece querer saber lo que le ha pasado a mi pobre John, y no han parado de venir. Incluso sir Powers, ese horrible hombre, ha venido a importunarnos, y Herbert casi pierde los nervios con él. Pero por favor, siéntese. Está usted en su casa.
- ¿El señor Powers ha estado aquí? Ya veo. Bueno, cada cosa en su momento. Señor Crawford, ¿podría contarme dónde estuvo anoche?
- Ya he contado la misma historia tres veces. Estuve de copas por el centro, ¿es eso un delito? Porque sus compañeros de uniforme insistieron mucho.
- Quizás le insistieron porque sabían que les ocultaba algo, ¿no cree?
-¿Y qué podría ocultar? Mi hermano ha muerto, y todos vienen a preguntarme como si yo pudiera decirles quién ha sido. Si lo supiera lo diría enseguida, ¿no cree?
- Por supuesto, pero ¿no cree que hubiera sido una buena idea comentarle a algún policía que usted le preparó cierta sorpresa a su hermano anoche?
De repente, palidece y pierde todo su mal genio.
- Yo… Bueno, él lo necesitaba… Estaba sometido a mucha presión… Necesitaba relajarse…
La señora Crawford lo mira con sorpresa y dice con voz temblorosa:
-¿De qué está hablando, Herbert? ¿No habrás vuelto a llevar a tu hermano por el mal camino, verdad?
- Eso es precisamente lo que hizo. Podría preguntarle por qué creía que preparándole una “sorpresa” se arreglarían todos los problemas de su hermano, pero no soy psicólogo. Sus actos, por absurdos que me parezcan, nos han traído hasta aquí. Ahora bien, ¿qué pasó en esa pequeña fiesta privada? Tengo entendido que su hermano discutió con alguien hacia el final de la velada.
- ¿Discutir? No me extraña… Seguro que sería con ese malnacido de Powers… ¡Quería quitarle la empresa a mi hermano! ¡La herencia de mi padre! John estaba destrozado y ese bastardo no le daba cuartel… Él no estaba hecho para esa vida de víboras.
- ¿Puedo saber por qué estaba destrozado su hermano?
- Powers creía que mi hermano haría peligrar la empresa, decía que no podía controlar sus vicios, y que eso acabaría con su buena imagen ante los inversores. Contrató legiones de abogados, y quería hacerle firmar un contrato para cederle su mitad de la empresa, ¿se da cuenta? ¡Y John casi ni podía responder legalmente!
- Se da usted cuenta de que sus vicios aparecieron por obra suya, ¿verdad? Si tan importante era para usted que su hermano siguiera en la empresa, ¿por qué impedía que dejase la mala vida? Para conservar la empresa lo único que tenía que hacer era rendir adecuadamente…
- ¿ Y usted qué sabrá? ¡Él lo necesitaba! Esos malditos empresarios, con su autosuficiencia y su palabrería… Mi padre sí sabía tratar con ellos. Pero John no. Al fin y al cabo no era culpa suya, ni siquiera era hijo biológico de mi padre…
- ¿Me permite una pregunta personal? Si John no era hijo biológico de su padre, ¿por qué heredó él la empresa?
Cuando Herbert abre la boca para responder, la señora Crawford se adelanta.
- Permítame que sea yo quien responda, joven. Cuando nos casamos, mi marido y yo tratamos de tener hijos muchas veces, pero no lo lográbamos. Para él era un asunto importante, porque poseía mucho patrimonio y no podíamos permitir que se diluyera entre bancos y familiares lejanos a su muerte. Así que mi marido decidió que adoptar sería una buena solución. Yo me opuse, he de admitirlo, pero tuve que aceptarlo, y adoptamos a John. Poco tiempo después descubrí que estaba embarazada, y decidimos criar a los dos pequeños como hermanos. Nunca les ocultamos la verdad, y ambos parecían ser felices. Con el tiempo, mi marido enfermó y tuvo que decidir a quién legar sus negocios, y decidió que fuera John.
- Bonita historia, pero no estoy seguro de que responda a mi pregunta. ¿Hubo algún motivo en concreto? ¿Les pareció bien a los dos hermanos la decisión de su padre?
De repente, Herbert da un puñetazo en la mesa y grita:
- ¡Basta! ¿¡Quién se cree que es para hurgar así en nuestro pasado!? ¡Mi padre le eligió a él! ¡Siempre supimos que lo haría! Al fin y al cabo, ¿con quién iba a quedarse? ¿con el inteligente y refinado hermano adoptado, o con su hijo el borracho? Mi padre, que en paz descanse, podía ser un hombre hecho a sí mismo, pero no tenía un pelo de tonto…
La señora Crawford, compungida, agarra a su hijo del brazo.
- Herbert, por el amor de Dios, refrénate. Este hombre está aquí para ayudarnos...
Sin mediar palabra, Herbert Crawford se deshace bruscamente del brazo de su madre y sale de la habitación con un portazo.
- Oh, por favor, detective, disculpe a mi pobre hijo. Es bastante doloroso para él, a pesar de todo quería mucho a John y le ha afectado su muerte… Mis pobres hijos…
- No se preocupe, señora. Voy a marcharme ya, creo que tengo todo lo que podía averiguar.
Te levantas y te diriges hacia la puerta. La señora Crawford se queda en el sofá, limpiándose las lágrimas discretamente.

Decides volver a la mansión Crawford, el lugar donde empezó todo, a intentar ponerle fin al misterio que rodea la muerte de este empresario tan peculiar.

domingo, 8 de febrero de 2015

De copas

En un bar, de madrugada, una pareja se sienta y pide una copa. Él pide una copa, ella nada. Él parece no saber qué decir. Llega el camarero con la copa.
- Bueno, tú habla de lo que sea y yo fingiré escucharte atentamente – da un sorbo de su copa – No está mal, no.
- Eso no se hace.
- ¿El qué?
- Beber de copas ajenas.
- ¡Pero si la copa es mía!
- Soy yo quien la ha pagado.
- Pues la compartimos.
- Vale, custodia compartida. Yo me la quedo los sábados y tú el resto de la semana.
- Mira qué listo. -Mira el reloj.- Pues seguro que en Estados Unidos no es sábado.
- ¿Y eso qué importa?
- Pues que no has especificado los sábados según qué huso horario.-Ella coge de nuevo la copa y se la lleva a los labios.
- Te crees muy lista, ¿eh?
- Soy muy lista.
- Seguro, sí – Sonríe con sorna y bebe.
- Oye, me toca a mí.
- Hm. Quizás debería pedirte una copa.
- ¿Quieres emborracharme?
- Claro. ¿Cómo si no ibas a soportar mi compañía toda la noche?
- Tienes toda la razón. ¡Camarero!
(...)
- Bueno, ¿de qué quieres hablar?
- No sé, ¿qué le da sentido a tu vida?
- La vida no tiene sentido.
- Pues eso digo, que qué es lo que te aporta algo. La vida en sí no tiene sentido, claro, somos nosotros los que hacemos cosas para que lo tenga. El arte, por ejemplo.
- ¿El arte? ¿Te refieres a pintura, música...?
- El arte da sentido a nuestras vidas como nuestras vidas se la dan al arte. Una pintura no sería más que un conjunto de pinceladas; una canción no sería sino una agrupación de sonidos, si no le diéramos nuestra propia visión. Eso es lo que le da valor al arte. Y él a cambio nos recuerda el sentido que de vez en cuando creemos haber olvidado.
- Curioso. ¿Y no crees que, al darle cada uno un sentido diferente al arte, este pierde su significado inicial? Me refiero al que su autor quería transmitir.
- El arte no nos habla. Nos ayuda a hablar con nosotros mismos.
- Es una forma de verlo, supongo. Pero, ¿qué me dices de las exposiciones de arte moderno? ¿O de esos autores que llenan una sala de un museo con sillas viejas y botes de pintura volcados y lo llaman arte?
- ¿Dirías que alguien no sabe hablar sólo porque use un idioma distinto al tuyo? Puede que ese mensaje no sea para nosotros. Quizá sólo ayude al que lo crea. Pero siempre habrá alguien que verá en una silla vieja algo que nadie más pueda ver. Y eso es maravilloso.
- Voy a tener que darte la razón, no me lo puedo creer. ¿Qué le han echado a esta copa? -baja la mirada hacia el contenido de su vaso- No lo había pensado de esa forma. Pero, ¿y los cantantes que pagan a compositores para que les escriban canciones de éxito en lugar de hacerlo ellos mismos? ¿Pagan por cantar canciones que reflejan sus sentimientos pero que no han sabido escribir o pagan por cantar algo que les haga millonarios?  
- Tal vez sean los compositores los que quieran darle voz a sus pensamientos. En ese caso, ¿quién usa a quién? El arte, los sentimientos, no entienden de dinero o beneficios.
- En ese caso yo me quedo con lo primero, prefiero pensar que sus sentimientos son tan verdaderos que merece la pena cantarlos, que le van a llegar a más personas gracias a la fama del cantante de turno, a pensar que solamente quieren ganar dinero.
- La música también se adapta a los tiempos. En la Antigüedad se pintaba en frescos, y luego se pasó al lienzo. Con la música pasa lo mismo. Simplemente hay que buscar el medio adecuado. El cantante de turno, en este caso, es lo que era el mármol cuando Fidias creó los frisos del Partenón. Lo que quiero decir es que lo usan porque es el “soporte” que está más de moda.
- Cada uno se adapta como puede, entonces. Oye, ¿qué hora es? Parece que el camarero está ya deseando que nos vayamos. Seguro que no está de acuerdo con lo que acabas de decir.
- Podríamos apostarnos la próxima copa.
- Qué optimista, ¿por qué crees que querría volver a quedar contigo?
- ¿Y por qué no?