domingo, 14 de junio de 2015

Muerte en la mansión Crawford (Parte I)

Llegas a la lujosa casa desde la que te han llamado porque requieren tus servicios. Más que una casa, se trata de una mansión que empieza en una verja negra, que es donde te deja el taxi. Desde allí tienes que caminar un buen trecho hasta la puerta, y recorres todo el camino pensando en la misteriosa llamada que te ha llevado hasta ahí. Es la primera vez que te enfrentas a un caso sin saber de antemano los detalles del suceso, pero parecía tan urgente que aceptaste sin pensarlo. Te sitúas frente a la puerta y llamas con decisión. Poco después, un hombre de avanzada edad abre la puerta con leve desconfianza. Supones por su indumentaria que se trata del mayordomo. Cuando habla, lo hace con un fuerte acento indio:
- Buenas tardes, ¿es usted el detective al que esperan?
- En efecto.
- Acompáñeme arriba.
Sigues al mayordomo a través del recibidor, observando el exagerado recubrimiento de las paredes. Cuadros, tapices, incluso trofeos de caza. Te resulta imposible fijar la vista en una sola cosa de entre todas las que ves a tu alrededor. Subís las escaleras y giráis a la derecha hacia una puerta cerrada que el mayordomo abre para ti. Cuando cruzas el umbral ves un enorme despacho tan lujoso como el resto de la casa. En las paredes hay decenas de fotos de un hombre con personas que parecen importantes o, al menos, igual de importantes que él. En el centro, delante de una gran cristalera, una enorme mesa de madera noble atestada de papeles desordenados. Y ante ella se encuentra lo que parece el motivo de tu visita: el mismo hombre que sale en las fotos, tendido boca arriba en medio de un gran charco de sangre, con múltiples puñaladas en el pecho. A su lado, el sargento Doyle observa el cuerpo con actitud pensativa. Al verte, se levanta con parsimonia y va a tu encuentro:
- Hola, detective. Siento haberle llamado tan apresuradamente, pero como comprenderá el asunto es de gran urgencia,
- No mienta, Goyle, no lo siente. Dígame, ¿qué ha ocurrido exactamente? El muerto lo estoy viendo, aunque no sé muy bien quién es,. Lo que realmente quiero es saber si hay testigos, sospechosos, motivos.
El sargento me mira, ligeramente molesto.
- Doyle. Mi apellido es Doyle. Ante nosotros se encuentra nada menos que Sir John Crawford, el dueño del acero de medio mundo y una de las fortunas más grandes del panorama internacional. Como habrá podido observar, no tuvo muchas oportunidades. Yo he contado casi veinte puñaladas, pero tiene el pecho tan destrozado que no sabría decirle. No hay sangre en el resto de la habitación, así que parece que murió aquí mismo. Tampoco he observado signos de lucha o forcejeo, todo parece ordenado excepto la mesa. Supongo que el forense podrá decirle más, pero no creo que haga falta autopsia para determinar la causa de la muerte. Lo encontró el mayordomo esta mañana, al traerle el desayuno. Parece que últimamente pasaba las noches trabajando.
- Qué ensañamiento. Debía tener muchos enemigos si era tan relevante internacionalmente. Imagino que todavía no tenemos idea de cuál ha podido ser el arma del crimen, ¿me equivoco?
-No hemos encontrado nada, pero a juzgar por las heridas tiene que haber sido un arma blanca de tamaño considerable, como un cuchillo de cocina grande. No sería raro encontrar uno así en la cocina de cualquier casa como esta.
- ¿Han comprobado si falta algún cuchillo en la cocina? O cualquier utensilio que pudiera infligir una herida como esta, en realidad. Hasta que sepamos con exactitud qué causó las heridas, cualquier pista es buena.
Te diriges hacia la mesa.
- ¿Alguien sabe si faltan documentos? Quizás el asesino se llevó algunos por el motivo que fuere.
- Aún no hemos tenido oportunidad de hablar con el servicio, a excepción del mayordomo, James. Quizás quiera preguntárselo usted mismo a algún trabajador de la cocina. En cuanto a los documentos, no parecen ser de mucha importancia para un chantaje o un robo, tan sólo hay citaciones de abogados para discutir sobre cesiones empresariales y cosas por el estilo, todas de parte de Sir Matthew Powers, que ha sido identificado por el mayordomo como socio de la víctima. Tal vez tengan problemas con la propiedad de la empresa.
- Supongo que no hay testigos ni nadie que viera entrar o salir a algún sospechoso. ¿Cuánta gente tiene acceso a la casa, además del servicio? Tengo que ponerme en contacto con el señor Powers. No se quede ahí parado, señor Boyle, ¿va a hablar usted con el personal o voy a tener que hacer yo su trabajo?
- Es Doyle. Y no se preocupe, interrogaré al servicio para comprobar si falta algún cuchillo, o si alguien ha podido observar algo sospechoso. En cuanto a las personas con acceso a la casa, parece que sir Crawford era bastante celoso de su intimidad. Las únicas personas que parecen tener un acceso asiduo a la casa son su mujer, Johanna, y su hermano Herbert, que viene de visita una vez por semana.
- Oh, y ¿dónde está la señora de la casa? Me encantaría hablar con ella.
- Por lo visto suele pasar bastante tiempo fuera de casa, pero el mayordomo dice que, aunque sale cada mañana muy temprano, suele regresar a mediodía. Por si le apetece esperarla.
- Por supuesto. Mientras, voy a hablar con el mayordomo.
Sales de la habitación en busca de James, que está en el pasillo, mirando por la ventana con aire distraído.
- Disculpe, señor. Me gustaría hacerle algunas preguntas acerca de lo ocurrido.
- Por supuesto, estoy a su disposición, detective.
- Veamos. ¿Notó algún comportamiento extraño por parte de Sir Crawford en los últimos días?
- Últimamente parecía bastante alterado, incluso cambió sus rutinas de sueño, algo bastante anormal en él. Le oía pasear por su despacho hasta que me retiraba, sobre la medianoche. Incluso me pedía que le llevara el desayuno a su despacho, lo cual me hace pensar que pasaba allí la noche.
- Comprendo. ¿Alguna idea sobre lo que pudo motivar ese cambio de conducta?
- En varias ocasiones le oí mencionar a Sir Powers, gritando, y algo relacionado con problemas de acciones. No podría decirle más, mi empleo requiere discreción en cuanto a ciertos detalles.
- ¿Eso quiere decir que no sabe si la empresa estaba atravesando problemas de alguna clase o que no me lo puede contar?
- Yo solo soy mayordomo, detective. Los detalles de los negocios de Sir Crawford no son de mi incumbencia.
- Entiendo. ¿Podría decirme entonces si vio a alguien salir o entrar de la casa anoche?
- No antes de que me retirara a mi habitación a medianoche, a excepción de la señora, claro está. No creo que pueda serle de más ayuda, detective. Lo siento mucho.

En ese momento aparece el forense acompañado de un policía. Te retiras para dejarles pasar a la habitación donde está el cadáver, y el mayordomo aprovecha para bajar las escaleras a toda prisa. Extrañado por su comportamiento, te planteas si sabe más de lo que parece.

domingo, 7 de junio de 2015

domingo, 24 de mayo de 2015

II

Aquel día, la volvió a ver.

Fue tan solo un instante, pero sin duda allí estaba. Bailando, sonriente y llena de vida, al son de una música que sólo ella parecía oír. Por un momento se quedó de piedra, preguntándose hasta qué punto aquel singular espectáculo era fruto de su imaginación.

Era sin duda la misma chica que ya había visto en otra ocasión,  cuando descansaba frente al fuego. Aquella primera vez, se sobresaltó pensando que era alguna clase de brujería, y no dijo nada por miedo a que pensaran que estaba poseído. Pero aquella vez era distinto. A pesar de sus extrañas ropas, no sintió ningún miedo, tan solo asombro y fascinación. Aquello no podía ser fruto de ningún demonio. Y si lo era, no le importaba.

Cuando desapareció, salió de su ensoñación con un sobresalto, y le pareció oír un ruido amortiguado, como si algo hubiera caído, pero al volverse sólo vio a su hermano, que acababa de llegar de traer agua del pozo. Lo miró extrañado, y le dijo:

-Deja ya tus fantasías y ve a ayudar a padre, que tiene que llevar unos cerdos al castillo para el banquete del barón. Y no te entretengas por el camino.


Ruborizado y sin decir palabra, salió de la pequeña choza en dirección al corral, preguntándose una y otra vez quién sería aquella chica que sólo él parecía ver.

domingo, 17 de mayo de 2015

I

Cuando Ana salió de la habitación, el jarrón ya estaba roto. Ella solamente había estado leyendo en el sofá. O al menos, eso es lo que le dijo a su madre cuando esta preguntó qué había pasado. Realmente había estado leyendo un buen rato, pero luego encendió su mp3 y se puso a bailar, descalza y feliz, en el centro del salón. Y cuando se cansó de dar vueltas, fue a por un vaso de agua, pero sin dejar de escuchar música. Por eso no escuchó que el jarrón cayera al suelo. Y como no estaba en el salón, tampoco vio nada.
Por un momento, cuando su madre llegó y empezó a gritar, creyó que había sido ella la responsable. Mientras bailaba se había chocado contra el mueble en el que estaba colocada la pieza de cerámica, pero como estaba tan concentrada en la música apenas le prestó atención. Por eso aseguró que no se había movido del sofá. Y como en la casa no había nadie más que ella, su madre no la creyó.

domingo, 10 de mayo de 2015

El viajero

Érase una vez un viajero. Su procedencia era tan desconocida como irrelevante, y el destino de sus viajes era un misterio hasta para él. Nunca permanecía demasiado tiempo en ningún lugar, pues buscaba encontrar un sitio del que no quisiera marcharse. En sus aventuras siempre aprendía cosas nuevas, y avanzaba cada vez más sabio.

En una ocasión, en un pequeño pueblo al norte del país, se encontró con un anciano que pasaba toda la noche en vela, mirando hacia el oeste. Durante el poco tiempo que se quedó allí, observó a aquel hombre sentarse con la vista fija en ninguna parte, sonriendo ilusionado, hasta que amanecía y se iba a dormir, hasta su siguiente vigilia.
- Es estadística, - dijo cuando el viajero le preguntó el motivo de su fijación - algún día el sol empezará a salir por allí, y yo quiero ser el primero en verlo.

En otro de sus viajes, mientras cruzaba el puente que atravesaba el río más largo de la región, se percató de que había un grupo de niños que recogían piedrecitas en la orilla. El viajero se paró a observarles. Cada niño, al parecer, buscaba piedras de un color diferente. Pasado un rato, los niños contaron cuántas tenían, en voz alta. Aquél con mayor número de piedras fue nombrado jefe, y los que habían recogido menos recibieron la tarea de obedecerle. Los chavales con un número de piedras intermedio se dedicaron a ayudar al jefe a buscar más, al mismo tiempo que ponían trabas a los que tenían menos.

En otra ocasión llegó a una ciudad sin nombre. Cuando atravesó sus puertas, nadie vino a recibirle ni dio muestras de haberse percatado de su presencia. Esto le sorprendió, pues en todos los lugares por los que pasaba había alguien que se acercaba y le ofrecía hospitalidad. Sin embargo, en aquel lugar nadie parecía siquiera verle. Extrañado, vagó por la ciudad un buen rato, hasta que un hombre comenzó a hablarle.
-Nadie va a recibirte aquí, forastero, - le dijo - pues desde hace generaciones la gente en esta ciudad nace sin el don de la vista. Ahora ya nadie sale al exterior, puesto que no conocen nada más allá de las paredes de sus casas, y temen perderse por los caminos.
Cuando le preguntó por qué él podía verle, le contestó:
-Un día, sin previo aviso, recuperé la vista. Ignoro el por qué, pero al decírselo a mi familia y amigos, nadie me creyó. Traté de describirles lo que veía, pero como no había nadie en la ciudad que hubiera visto aquellas cosas, me acusaron de mentir y de inventarlo todo, y me declararon loco e inválido. Así que hace tiempo que vivo como un lisiado, y me conformo con pobres limosnas.
Muy afectado por lo que aquel hombre le contó, se marchó de la ciudad dejándole unas monedas.


Acabó en otro de sus viajes en una ciudad cuyo alcalde era un hombre amable y sabio. Tuvo la suerte de poder hablar con él mientras visitaba el ayuntamiento una tarde, y quedó muy impresionado por las ideas que tenía para ir mejorando la productividad de la ciudad. Viendo que el viajero era sabio, el alcalde le habló largo y tendido de las mejoras que quería implantar en la infraestructura de la parte antigua de la ciudad y las medidas que iba a tomar contra el desempleo y para favorecer a las clases sociales más necesitadas. Charlaron sobre actividades para fomentar el turismo y la cultura, discutieron de las ventajas de ciertos modelos de educación. Y cuando el viajero estaba decidido a quedarse a vivir en aquella ciudad, se despertó.

domingo, 26 de abril de 2015

Lluvia.

I
Lágrimas del cielo
riegan árboles de piedra
con raíces de metal.



II
Luz que parpadea.
Farola en la tormenta
se mira en el agua.

domingo, 19 de abril de 2015

Historias sin justicia (II)

399 aC

Sócrates, el famoso filósofo ateniense. Había oído hablar de él en Mileto, pero no creí que tendría oportunidad de verlo alguna vez. Y menos aún para ser juzgado.
El Arconte pidió silencio. El numeroso jurado escuchaba atentamente, mientras los acusadores preparaban su discurso. Parecía que toda la ciudad se hubiera congregado para oír hablar a Sócrates. En el Ágora no se oía otro sonido que no fuera la potente voz del Arconte. Solemnemente, leyó los cargos de los que se le acusaba:


-Sócrates, maestro filósofo, estamos hoy aquí para juzgar tu culpa de los crímenes de corrupción a los jóvenes e impiedad. Ahora, la acusación ofrecerá su discurso, y luego el acusado tendrá derecho a defender su inocencia.
El semblante se Sócrates era sereno. Ni siquiera la terrible magnitud de los crímenes de que se le acusaba parecía tener efecto en él. Todos sabían que el dominio de la retórica del maestro estaba más que probado, pero las penas por impiedad eran muy duras, y los atenienses no veían con buenos ojos que se insultara a los dioses.


Observé cómo un hombre se acercaba para pronunciar su discurso. Oí susurrar que se trataba de Licón, uno de los acusadores que habían presentado cargos. La multitud casi contuvo el aliento mientras Licón ofrecía su discurso. En él acusó a Sócrates de haber instruido a los jóvenes para que negaran los valores ancestrales de Atenas y de instarlos a criticar la propia democracia. Incluso sugirió que había instruido a traidores contra la patria, recordando a Critias, su antiguo discípulo, que formó parte de los infames Treinta Tiranos, que gobernaron Atenas tras su derrota a manos de Esparta. Algunas personas empezaron a proferir insultos contra el filósofo, pero eran inmediatamente silenciados por el resto de la multitud. El joven que estaba a mi lado negaba con la cabeza con una mueca de indignación.
Cuando Licón hubo terminado, fue el turno de Sócrates, que se defendió de cada uno de los cargos de los que se le acusaba con elegancia y una oratoria brillante. Oyéndole me cercioré de lo justificado de su fama. Los que antes habían proferido insultos contra él ahora callaban. Uno a uno desmontó los argumentos de su acusador, demostrando un conocimiento de las leyes fuera de toda duda. Incluso el jurado parecía conmovido por la fuerza de su discurso. Cuando terminó su disertación, el Arconte aún tardó un momento en declamar:
-Una vez oído el discurso de ambas partes, ¿qué pena pide la acusación?
Licón se levantó, y con voz grave dijo:
-Pedimos la pena de muerte por envenenamiento.
La multitud empezó a murmurar mientras el Arconte pedía al jurado que votara la propuesta. Éste se mostró favorable a la condena, pero por un estrecho margen, insuficiente para levantar el veredicto. El joven a mi lado me miró esperanzado. Tal vez fuera uno de sus discípulos, esperando para ver la suerte que corría su maestro. Sócrates expresó entonces su sorpresa ante la flaqueza de los argumentos que servían para condenarle. Esto levantó quejas de parte del jurado y de la multitud, desaprobando su falta de conciencia.
El juicio continuó. La acusación se levantaba al completo, airada, mientras ofrecían sus razones con vehemencia. Sócrates respondía, casi con tono burlón, ofreciéndose a pagar sumas irrisorias o a organizar banquetes públicos para evitar su condena, lo que enfurecía aún más al gentío. Aquel hombre estaba cavando su propia fosa. Se negó a disculparse públicamente, sabiendo que aquello sería su perdición. Sus acusadores cada vez lo increpaban con más fuerza, pero Sócrates mantenía su negativa, sereno.

Una vez hubieron acabado los discursos, el Arconte pidió, casi a gritos, una segunda votación. Esta vez, casi todo el jurado estuvo de acuerdo con la pena propuesta. Una aclamación corrió por todo el Ágora. Sócrates había sido condenado a muerte.
Yo asistí a la escena incrédulo. La serenidad de aquel hombre ante su condena era algo incomprensible. Si sólo hubiera pedido perdón, se habría salvado. Pero decidió no hacerlo. Y aún así encontró la fuerza para mantenerse impasible ante la muerte. Miré al joven a mi lado, que tenía una expresión desolada en su rostro. Le dije en tono conciliador, procurando que nadie me oyera:


-Quizás aún pueda huir al exilio. Dada su fama, la gente lo aceptará, y dudo que lo persigan.
Me miró con una expresión de abatimiento, y contestó:
-No lo hará. Ya intentamos persuadirle, pero él acatará el veredicto. No desobedecerá las leyes de Atenas, a pesar de que por éstas ha sido acusado injustamente.


El Arconte dio por finalizado el juicio, y la gente comenzó a retirarse, comentando la condena con satisfacción. Incluso los que antes lo defendían admitían su impiedad y lo justo de la pena. Intenté ver a Sócrates por última vez, pero el gentío me lo impidió. Ahora debía ir a su casa y envenenarse él mismo con cicuta para acatar el veredicto. Una muerte tranquila.
El joven se despidió de mí cortésmente, y me dijo:
-Ahora debo ir con mi maestro, pues quiero compartir con él sus últimos momentos.
-Triste final para un hombre como él.
-Él no hubiera aceptado huir a su destino. Este final es el único que aceptará. Pero lo hará de buen grado, porque no ha renunciado a las ideas que nos enseñó, y que son su posesión más valiosa.
Miré largamente a aquel joven, que parecía irradiar una autoridad y una sabiduría impropias de alguien de su edad. Tal vez se convirtiera en un digno sucesor de su maestro algún día. Finalmente, le ofrecí mi nombre, y él me ofreció el suyo:
-Mi nombre es Arístocles, hijo de Aristón, mas mucha gente me llama Platón. Espero que nos volvamos a ver, y que los hados iluminen tu camino.

Mientras volvía a casa de mi anfitrión, no cesaba de pensar en aquel hombre que, en esos instantes, se dirigía hacia su muerte. En cómo me había sorprendido su entereza ante un destino terrible. Y pensé en la justicia, que él había jurado defender, y que ahora lo conduciría, irremediablemente, a la barca de Caronte.

2115


Sócrates. Ese nombre me sonaba. Había leído cosas sobre ese señor, un filósofo griego, revolucionario, que murió por no renunciar a sus ideales. Admirable cuanto menos. El hombre que tenía delante se llamaba igual que él, y también era de ideas revolucionarias. Parecía que la gente lo respetaba. Por lo que pude averiguar de las conversaciones que oía, este Sócrates era un activista que pretendía cambiar la situación política en la que se encuentra su país. Con situación política me refiero, por supuesto, al régimen que controlaba las vidas de los ciudadanos. 
Tengo que decir que al ser un turista no podía hacerme una idea de si realmente era tan totalitario como decían los ciudadanos que lograban cruzar las fronteras de Grecia. Según ellos la represión era terrible, la calidad de vida, pésima, y cada vez tenían menos formas de comunicarse con el exterior. Por lo que había leído en los periódicos, el régimen se instauró hace más de veinte años tras una dura crisis económica. Un grupo de ricos se hizo con el control del ejército, militarizó la policía, que ahora llaman fuerzas de seguridad, y comenzó a recortar sueldos y libertades. 
Sócrates era de los pocos que se atrevían a quejarse en voz alta, y los muchachos que me rodeaban parecía que también. Todos miraban fijamente hacia el atril frente al cual estaban los tres hombres junto con el jurado. Se leyeron los cargos de los que se acusaba a Sócrates, instigar la revolución y actuar en contra de los ideales propios de Grecia. Lejos de parecer preocupado, él sonreía, con la cabeza baja. La multitud estaba intranquila durante el discurso de la acusación, y se escucharon algunos gritos que fueron rápidamente acallados. Me di cuenta de la cantidad de agentes de policía que nos rodeaban y me empecé a preocupar Cuando acabó el discurso, vi cómo sacaban arrestados a algunos de los asistentes al juicio.
Luego llegó el turno de Sócrates de defenderse, y vaya si lo hizo. Habló de la libertad, del amor por el conocimiento, de cómo las medidas que llevaron al régimen actual fueron equivocadas. De que es posible salir a flote de nuevo, porque no todo está perdido. Hasta yo estaba emocionado. El muchacho que tenía a mi lado hablaba apresuradamente con sus compañeros. Parecía convencido de que el juicio iba a acabar mal. Los demás asentían y comentaban, con tristeza, que si le estaban dejando hablar tanto en público sobre sus ideas era por algún motivo. Y efectivamente, cuando Sócrates calló, un miembro de la jurado sacó unos documentos que detallaban un episodio de violencia juvenil del acusado. Por la cara que pusieron los jóvenes que me rodean, entendí que eso era suficiente para desmontar su discurso. Cuando el jurado condenó a Sócrates a muerte, la mayor parte del público parecía de acuerdo. Miré a mi alrededor y noté que la policía estaba preparada para atacar, y entonces me di cuenta de que nadie estaba de acuerdo, pero temían las represalias. Sócrates empezó a decir algo parecido, pero en ese momento se lo llevaron a empujones. 
El chico que me habló al principio del juicio se giró hacia mí y me dijo, entre susurros:
-Ya sabía que iba a acabar así.
-¿Por qué le condenan por algo distinto a aquello de lo que le acusaban?
-Porque necesitan quitárselo de enmedio.
-Pero eso no es justicia. Y estoy seguro de que con su dominio de la retórica podría demostrar que es injusto.
-Claro que podría, pero no lo hará. Y todos los ciudadanos volverán a sus casas enfurecidos.
-Entonces, ¿le da igual morir por una condena injusta?
-Él sabía los riesgos. Todos los sabíamos, y aun así decidimos seguir adelante con la resistencia. Él es el que daba la cara, pero todos sabemos el mensaje. Y seguiremos extendiéndolo por el país hasta que cobre la fuerza suficiente.
-¿Y entonces?
-Entonces empezará la revolución, y la muerte de Sócrates no habrá sido en vano.


Me despedí de los chicos y me alejé apresuradamente de la plaza. Justicia, qué concepto tan curioso. Al llegar al hostal, abro mi maleta sobre la cama y meto toda la ropa que había sacado de la misma el día anterior. Aún intentando procesar lo que acababa de presenciar, recogí todas mis pertenencias y me marché. Caminé hasta el embarcadero y me compré un billete para el próximo barco. Me sentía asqueado por el hecho de que había ignorado, como el resto del mundo, la situación en la que se encontraba Grecia. No había querido creer que fuese para tanto, y había tenido que presenciar la condena de un hombre justo para empezar a creer en la injusticia. 
Quizás no es demasiado tarde, quizás cuando llegue a casa podré convencer al mundo de que hay que buscar el modo de cambiar nuestro punto de vista.