martes, 14 de julio de 2015

Muerte en la mansión Crawford (Parte III)

De camino a la casa de Sir Powers reflexionas sobre la información que acabas de descubrir sobre Crawford. Su problema con la bebida pudo generar conflictos con su socio, o con los maridos de las mujeres a las que seducía, según su afectada esposa. Por más vueltas que le das, sientes que no dispones de suficiente información para hacer una lista de sospechosos. El taxi para en la puerta de una casa bastante grande, con macetas en cada ventana y un jardín bien cuidado delante.  Te acercas a la puerta y llamas al timbre. Una joven sirvienta abre la puerta, dedicándote una mirada recelosa:
- ¿Quién es y qué desea?
- Buenas tardes, me gustaría hablar con Sir Powers, por favor. Soy detective privado.
- Ah, si, pase. Sir Powers le está esperando.
Sorprendido, sigues a la chica por un largo y bien iluminado pasillo hasta una enorme puerta de roble, a la que llama con suavidad. Acto seguido, abre la puerta y dice con voz monótona:
-Sir Powers, el detective está aquí.
Con un gesto de la mano te indica que entres. Al hacerlo, ves un despacho más pequeño de lo que esperabas, con una estantería repleta de libros de contabilidad y un par de sillas ante una sencilla mesa abarrotada de papeles. Sentado tras ella hay un hombre menudo y con aspecto de ser muy anciano, pero con una mirada fuerte y vivaz. Al oirte entrar levanta la vista y te dice con gesto sereno:
-Buenas tardes, señor detective. Siento el desorden, pero no he tenido tiempo de adecentar mi despacho para su visita. Por favor, siéntese. ¿Quiere una copa? ¿Coñac, tal vez?
- Saludos, Sir. Estoy algo desconcertado, ¿acaso me esperaba usted? Y sí, le agradecería una copa de coñac.
- Por supuesto. Martha, por favor, tráiganos dos copas de coñac. Hennessy, a ser posible.
La chica hace un gesto con la cabeza y sale de la habitación. Sir Powers se acomoda en la silla y su voz se torna seria:
-Vayamos al grano, detective. Supuse que enviarían a alguien por lo de sir Crawford. No se sorprenda, mi deber es estar enterado de todo lo que ocurra con respecto a mis negocios. Probablemente, yo me enteré de su muerte antes que usted.
- Esperaba que usted me pudiese aclarar ciertas cosas con respecto a la muerte de su socio. Por ejemplo, agradecería algo de información sobre su problema con la bebida. Ah, y por supuesto, voy a necesitar que me diga lo que hizo usted anoche.
- Temo que ambos interrogantes tienen una sola respuesta. Anoche estuve hasta bien entrada la medianoche tratando de hablar con sir Crawford. Le llamé varias veces hasta que contestó a su teléfono personal, a eso de las doce. Aunque “contestar” puede que sea un eufemismo poco acertado.
- ¿Qué pasó anoche?
- Sir Crawford estaba fuera de sí. Es evidente que había bebido demasiado, o algo peor. Apenas pude entender lo que me dijo. Creo que nunca había llegado a tal extremo.
Haces una pausa, preocupado. Tienes un mal presentimiento acerca de esta conversación, pero sin embargo sabes que tienes que descubrir la verdad.
- ¿Recuerda algo de lo que escuchó?
- Pocas cosas, y me temo que no muy agradables.
- ¿Tenían una mala relación? Con todo lo que usted le había ayudado no creo que así fuera…
- Bien es cierto que le ayudé a conservar la parte de la empresa que le había dejado su padre cuando murió, pero últimamente tuvimos… ciertas discrepancias sobre el futuro de la empresa. Su problema no hacía más que empeorar, y por supuesto tuve que tomar medidas legales. Algo que no le sentó muy bien a John.
- Discrepancias, menuda palabra. ¿De qué medidas legales habla?
-Sus decisiones eran cada vez más erráticas. Temía que, como socio mayoritario, hiciera peligrar su participación en la empresa debido a una de sus crisis. De modo que intenté pactar con él una solución por si le ocurría alguna desgracia. Por supuesto, él no aceptó el acuerdo.
En ese momento aparece la joven llevando una bandeja con dos copas. Las deja sobre la mesa y sale, con aire distraído.
- Y esta solución de la que habla, ¿de qué se trataba?
- Como comprenderá, detective, los detalles son estrictamente confidenciales. Sólo diré que la idea principal era evitar que sir Crawford pudiera cometer alguna… locura con la herencia de su padre. Y arruinar la empresa, de paso.
- Entiendo, entiendo. Es fácil arruinar cosas cuando se tiene ese tipo de problema. Matrimonios, por ejemplo.
El tono de Sir Powers se endureció.
- Veo que no ha perdido el tiempo, detective. Aquel asunto fue bastante desafortunado, pero todo se aclaró con la mayor celeridad. Sir Crawford nunca fue muy bueno controlando sus instintos básicos, pero pudimos encontrar una solución para enterrar el asunto, como caballeros civilizados.
- Curiosa elección de palabras. Imagino que aun así hubo tensión entre ambos. Una cosa así no se olvida de la noche a la mañana.
- Soy un hombre de negocios, y antepongo el bien de mi empresa a este tipo de frivolidades. Este es un asunto privado, y me gustaría que se mantuviera así.
- Por supuesto, sí. Mi trabajo consiste en descubrir incidentes, no en airear los enredos privados de nadie. Bueno, pues si eso es todo, necesitaré confirmar su coartada, así que algún policía se acercará a tomarle declaración. Mientras tanto no salga del país, ya sabe cómo van estas cosas.
- Por supuesto, detective. Repetiré esta misma historia a cuantos señores uniformados quieran escucharla. Ah, hay una cosa que se me ha olvidado decirle…
- ¿Sí? ¿Qué ocurre?
- Cuando contacté por teléfono con Sir Crawford, le oí hablar con otra persona. Aquella noche parecía tener compañía. Temo no serle de más ayuda, detective.
- Gracias, Sir. Nos veremos.
Menuda pérdida de tiempo. Parecía tener compañía, un señor que ha sido asesinado. Intentando no perder la compostura recorres el pasillo hacia la entrada de la casa, donde la joven te abre la puerta. Te despides con una inclinación de cabeza y caminas rápidamente hacia la verja de la casa. Cuando la cruzas, te giras a echar un último vistazo a la casa. Los acuerdos que quería firmar Sir Powers eran probablemente de cesión de acciones, así que en el caso de que hubieran llegado a firmarlos, él sería dueño de la empresa.
Mueves la cabeza y sacas el teléfono para llamar un taxi que te lleve de vuelta a la casa de Sir Crawford. Tienes que averiguar si llegaron a firmar los acuerdos. Luego marcas el número del inspector, a quien tienes que informar de que hay que comprobar la coartada de Sir Powers. Empiezas tu lista mental de sospechosos con un único nombre.

lunes, 22 de junio de 2015

Muerte en la mansión Crawford (Parte II)

Mientras esperas a que el forense examine el cadáver de Sir Crawford decides bajar a buscar al sargento Doyle, para comprobar cómo va el interrogatorio. Le pides a uno de los policías que hay en la casa que te acompañe hasta la cocina, cuyo tamaño es proporcional al del resto de la mansión. Todo está tan pulcramente ordenado y limpio que resulta difícil creer que cada día se preparen varias comidas al día. El sargento está al fondo, hablando con un tipo enorme con un poblado bigote. Deduces por su atuendo que se trata del jefe de cocinas, aunque te cuesta ver en él la delicadeza de un chef. Al llamarlo, el sargento se vuelve y se acerca con parsimonia:
- ¿Ha hablado ya con el mayordomo estirado, detective?
- Hemos intercambiado frases, sí. Sin embargo, no he conseguido sacar nada en claro de esa conversación.
- Una lástima. Yo, en cambio, he estado hablando con aquel corpulento caballero, que dice ser el encargado de las cocinas, sobre nuestra misteriosa arma homicida. Al parecer, ha echado un vistazo y dice que le falta un cuchillo de los grandes. Lleva un registro de todo el material de la cocina, y no sabe cómo ha podido perderse algo así a no ser que lo sustrajeran ayer mismo.
- Cuánta suspicacia percibo. De cualquier forma, es cuanto menos curioso que en una cocina tan ordenada falte un cuchillo y no se note su ausencia hasta el día siguiente. ¿Sabemos cuánto tiempo lleva trabajando para la familia Crawford?
- Según parece, lleva aquí bastante, del orden de unos quince años. Nunca ha tenido problemas con los dueños, y llevaban el pago al día. Nada que justifique la carnicería.
Te giras para mirar al cocinero y luego vuelves la vista hacia el sargento.
- ¿Nada? En ese caso, habrá que seguir investigando. ¿Ha hablado con otros miembros del servicio?
- Hace poco que se han marchado un par de doncellas, pero no saben nada. El servicio se retira a las once, y en la casa solo se quedan los dueños y el mayordomo. Supongo que quien decidiera matar al señor Crawford lo haría después de las once, cuando hay menos gente en la casa.
- El asesino lo planeó todo bien, entonces. ¿Sabe si ha llegado ya la esposa del difunto?
En ese momento oyes una potente voz femenina en el recibidor, pidiendo explicaciones a los agentes que están en la casa.
- Creo que si, inspector. Mejor que se dé prisa antes de que nos eche a todos a patadas.
Salís de la habitación y vais en busca de la viuda, que está de pie en el rellano de la escalera, discutiendo con uno de los policías.
- Señora, soy el sargento Doyle. Estamos aquí porque ha ocurrido algo terrible. Lamento comunicarle que su esposo ha sido asesinado.
La señora Crawford palidece y mira a su alrededor. Su mirada parece más de incredulidad que de espanto. Sin dejar de mirar a los agentes que montan guardia en el recibidor, dice casi murmurando:
- ¿Prefieren que pasemos al salón? Allí dispondremos de mayor privacidad...
Os conduce por el pasillo hasta el salón, una habitación algo más pequeña de lo que esperabas, en la que hay varios sillones, una chimenea y muchas estanterías repletas de libros.Señalando haca un sofá, dice:
- Por favor, siéntense, caballeros. Disculpen si he sido algo grosera antes, pero tantos agentes me han sobresaltado. Es algo tan espantoso… Oh, John, al final has acabado así… Todos te lo advertimos…
- Es espantoso, sin duda. ¿Podría decirnos qué es lo que le advirtieron a Sir Crawford y no quiso escuchar?
- Mi esposo era una persona muy trabajadora, y a veces la presión de su trabajo lo empujaba a… alejarse del decoro que requería su posición. Oh, Dios, mi pobre hermana me lo dijo, ella lo sabía… Sabía que sus vicios acabarían matándolo…
- Oh, ¿sus vicios?
- Si… No sé si podré contarlo… A veces bebía mucho, y no controlaba sus… sus instintos más básicos… Incluso con mujeres de baja extracción. Imagínese mi vergüenza. Pasaba todo el tiempo posible alejada de casa, para no ver en lo que se estaba convirtiendo… Y ahora que él está muerto, ¿qué será de mí?
- Qué terrible situación. ¿Tenía muchos enemigos, entonces? Sé que debe ser muy difícil para usted contar este tipo de cosas desconocidos, pero entienda que necesitamos saberlo para desempeñar nuestro trabajo.
- Sé que en más de una ocasión ha pretendido mujeres casadas, pero no imagino que nadie pudiera acercarse tanto a él como para… eso. Y lo de Magda lo atajamos a tiempo…
- ¿Qué ocurrió con Magda?
-Magda es la… la esposa de su socio, Sir Powers. Hace algún tiempo mi esposo y ella… superaron las barreras del pudor. Pero el asunto no llegó muy lejos, porque sir Powers se enteró. Casi terminan su relación profesional, pero continuaron juntos por el bien de la empresa. Pero sir Powers es un hombre comprensivo, y sabía lo que el trabajo le hacía a mi esposo… Fue muy amable al no hacer llegar el asunto a otras instancias. Le debíamos mucho. Aunque gran culpa de ello la tuvo su hermano, que el demonio se lo lleve.
- ¿Su marido y la esposa de su socio? Imagino que Sir Powers estaría muy enfadado. ¿Por qué dice que le debían mucho, en pasado? ¿Qué fue lo que hizo su hermano que tan disgustada la tiene?
- Sir Powers fue un gran apoyo para nuestra familia. Cuando el padre de mi esposo falleció, él se hizo cargo de los trámites para que la heredad de la empresa continuase. Él no habría cometido esa afrenta si el botarate de su hermano no le hubiera llevado por el mal camino… Era él quien organizaba sus “excursiones” a los barrios bajos e impulsaba a mi marido a hacer todo aquello… Mal rayo le parta…
- Por lo que dice, parece que Sir Powers y su esposo eran muy buenos amigos. ¿Tenían una mala relación los hermanos?
- En absoluto, mi esposo le consentía de todo, y yo nunca lo llegué a entender. Era rudo y maleducado, pero John sentía debilidad por él. Quizá por eso acabó contagiándole sus perversos vicios. Mi pobre esposo… Si me disculpan y no tienen más preguntas, me gustaría retirarme… Aún no puedo creer que haya pasado esto… Oh, John...
La señora Crawford sale de la sala. El sargento te mira, luego mira la puerta.
- Señor detective, parece que la señora no podrá decirnos nada más, al menos por el momento. Voy afuera a echar un pitillo, avíseme cuando haya decidido qué hacer.
Asientes con la cabeza y esperas a que el sargento se haya marchado para levantarte y salir en busca del forense. Subes a la primera planta y entras en la sala en la que está el cadáver.
El forense, un señor alto, delgado y bastante pálido, está junto a la mesa, observando cómo los agentes se llevan a Sir Crwaford.
- Saludos, Diez. ¿Ha averiguado algo sobre nuestro amigo?
- A excepción de que está muerto, querrá decir.
- ¿Está muerto? Vaya, yo que venía a celebrar su cumpleaños. Venga, hombre. Dame algo con lo que pueda trabajar.
- Veo que su humor mejora con los años, inspector. A falta de autopsia, puedo decir que a este hombre lo ha matado alguien que no ha usado un cuchillo en su vida. He contado veintitrés puñaladas, de las cuales sólo unas seis serían mortales. El resto son simples cortes profundos que no han tocado ningún órgano.
- El humor es lo único que me queda, viejo amigo. Bueno, esto me sirve para descartar a un sospechoso, así que se lo agradezco. Avíseme en cuanto sepa algo más.

Decides que ya has pasado suficiente tiempo en la escena del crimen y te diriges a la salida. Llamas a un taxi y le pides al sargento, que sigue fuera fumando, la dirección de Sir Powers. Tienes que contactar con él cuanto antes.

domingo, 14 de junio de 2015

Muerte en la mansión Crawford (Parte I)

Llegas a la lujosa casa desde la que te han llamado porque requieren tus servicios. Más que una casa, se trata de una mansión que empieza en una verja negra, que es donde te deja el taxi. Desde allí tienes que caminar un buen trecho hasta la puerta, y recorres todo el camino pensando en la misteriosa llamada que te ha llevado hasta ahí. Es la primera vez que te enfrentas a un caso sin saber de antemano los detalles del suceso, pero parecía tan urgente que aceptaste sin pensarlo. Te sitúas frente a la puerta y llamas con decisión. Poco después, un hombre de avanzada edad abre la puerta con leve desconfianza. Supones por su indumentaria que se trata del mayordomo. Cuando habla, lo hace con un fuerte acento indio:
- Buenas tardes, ¿es usted el detective al que esperan?
- En efecto.
- Acompáñeme arriba.
Sigues al mayordomo a través del recibidor, observando el exagerado recubrimiento de las paredes. Cuadros, tapices, incluso trofeos de caza. Te resulta imposible fijar la vista en una sola cosa de entre todas las que ves a tu alrededor. Subís las escaleras y giráis a la derecha hacia una puerta cerrada que el mayordomo abre para ti. Cuando cruzas el umbral ves un enorme despacho tan lujoso como el resto de la casa. En las paredes hay decenas de fotos de un hombre con personas que parecen importantes o, al menos, igual de importantes que él. En el centro, delante de una gran cristalera, una enorme mesa de madera noble atestada de papeles desordenados. Y ante ella se encuentra lo que parece el motivo de tu visita: el mismo hombre que sale en las fotos, tendido boca arriba en medio de un gran charco de sangre, con múltiples puñaladas en el pecho. A su lado, el sargento Doyle observa el cuerpo con actitud pensativa. Al verte, se levanta con parsimonia y va a tu encuentro:
- Hola, detective. Siento haberle llamado tan apresuradamente, pero como comprenderá el asunto es de gran urgencia,
- No mienta, Goyle, no lo siente. Dígame, ¿qué ha ocurrido exactamente? El muerto lo estoy viendo, aunque no sé muy bien quién es,. Lo que realmente quiero es saber si hay testigos, sospechosos, motivos.
El sargento me mira, ligeramente molesto.
- Doyle. Mi apellido es Doyle. Ante nosotros se encuentra nada menos que Sir John Crawford, el dueño del acero de medio mundo y una de las fortunas más grandes del panorama internacional. Como habrá podido observar, no tuvo muchas oportunidades. Yo he contado casi veinte puñaladas, pero tiene el pecho tan destrozado que no sabría decirle. No hay sangre en el resto de la habitación, así que parece que murió aquí mismo. Tampoco he observado signos de lucha o forcejeo, todo parece ordenado excepto la mesa. Supongo que el forense podrá decirle más, pero no creo que haga falta autopsia para determinar la causa de la muerte. Lo encontró el mayordomo esta mañana, al traerle el desayuno. Parece que últimamente pasaba las noches trabajando.
- Qué ensañamiento. Debía tener muchos enemigos si era tan relevante internacionalmente. Imagino que todavía no tenemos idea de cuál ha podido ser el arma del crimen, ¿me equivoco?
-No hemos encontrado nada, pero a juzgar por las heridas tiene que haber sido un arma blanca de tamaño considerable, como un cuchillo de cocina grande. No sería raro encontrar uno así en la cocina de cualquier casa como esta.
- ¿Han comprobado si falta algún cuchillo en la cocina? O cualquier utensilio que pudiera infligir una herida como esta, en realidad. Hasta que sepamos con exactitud qué causó las heridas, cualquier pista es buena.
Te diriges hacia la mesa.
- ¿Alguien sabe si faltan documentos? Quizás el asesino se llevó algunos por el motivo que fuere.
- Aún no hemos tenido oportunidad de hablar con el servicio, a excepción del mayordomo, James. Quizás quiera preguntárselo usted mismo a algún trabajador de la cocina. En cuanto a los documentos, no parecen ser de mucha importancia para un chantaje o un robo, tan sólo hay citaciones de abogados para discutir sobre cesiones empresariales y cosas por el estilo, todas de parte de Sir Matthew Powers, que ha sido identificado por el mayordomo como socio de la víctima. Tal vez tengan problemas con la propiedad de la empresa.
- Supongo que no hay testigos ni nadie que viera entrar o salir a algún sospechoso. ¿Cuánta gente tiene acceso a la casa, además del servicio? Tengo que ponerme en contacto con el señor Powers. No se quede ahí parado, señor Boyle, ¿va a hablar usted con el personal o voy a tener que hacer yo su trabajo?
- Es Doyle. Y no se preocupe, interrogaré al servicio para comprobar si falta algún cuchillo, o si alguien ha podido observar algo sospechoso. En cuanto a las personas con acceso a la casa, parece que sir Crawford era bastante celoso de su intimidad. Las únicas personas que parecen tener un acceso asiduo a la casa son su mujer, Johanna, y su hermano Herbert, que viene de visita una vez por semana.
- Oh, y ¿dónde está la señora de la casa? Me encantaría hablar con ella.
- Por lo visto suele pasar bastante tiempo fuera de casa, pero el mayordomo dice que, aunque sale cada mañana muy temprano, suele regresar a mediodía. Por si le apetece esperarla.
- Por supuesto. Mientras, voy a hablar con el mayordomo.
Sales de la habitación en busca de James, que está en el pasillo, mirando por la ventana con aire distraído.
- Disculpe, señor. Me gustaría hacerle algunas preguntas acerca de lo ocurrido.
- Por supuesto, estoy a su disposición, detective.
- Veamos. ¿Notó algún comportamiento extraño por parte de Sir Crawford en los últimos días?
- Últimamente parecía bastante alterado, incluso cambió sus rutinas de sueño, algo bastante anormal en él. Le oía pasear por su despacho hasta que me retiraba, sobre la medianoche. Incluso me pedía que le llevara el desayuno a su despacho, lo cual me hace pensar que pasaba allí la noche.
- Comprendo. ¿Alguna idea sobre lo que pudo motivar ese cambio de conducta?
- En varias ocasiones le oí mencionar a Sir Powers, gritando, y algo relacionado con problemas de acciones. No podría decirle más, mi empleo requiere discreción en cuanto a ciertos detalles.
- ¿Eso quiere decir que no sabe si la empresa estaba atravesando problemas de alguna clase o que no me lo puede contar?
- Yo solo soy mayordomo, detective. Los detalles de los negocios de Sir Crawford no son de mi incumbencia.
- Entiendo. ¿Podría decirme entonces si vio a alguien salir o entrar de la casa anoche?
- No antes de que me retirara a mi habitación a medianoche, a excepción de la señora, claro está. No creo que pueda serle de más ayuda, detective. Lo siento mucho.

En ese momento aparece el forense acompañado de un policía. Te retiras para dejarles pasar a la habitación donde está el cadáver, y el mayordomo aprovecha para bajar las escaleras a toda prisa. Extrañado por su comportamiento, te planteas si sabe más de lo que parece.

domingo, 7 de junio de 2015

domingo, 24 de mayo de 2015

II

Aquel día, la volvió a ver.

Fue tan solo un instante, pero sin duda allí estaba. Bailando, sonriente y llena de vida, al son de una música que sólo ella parecía oír. Por un momento se quedó de piedra, preguntándose hasta qué punto aquel singular espectáculo era fruto de su imaginación.

Era sin duda la misma chica que ya había visto en otra ocasión,  cuando descansaba frente al fuego. Aquella primera vez, se sobresaltó pensando que era alguna clase de brujería, y no dijo nada por miedo a que pensaran que estaba poseído. Pero aquella vez era distinto. A pesar de sus extrañas ropas, no sintió ningún miedo, tan solo asombro y fascinación. Aquello no podía ser fruto de ningún demonio. Y si lo era, no le importaba.

Cuando desapareció, salió de su ensoñación con un sobresalto, y le pareció oír un ruido amortiguado, como si algo hubiera caído, pero al volverse sólo vio a su hermano, que acababa de llegar de traer agua del pozo. Lo miró extrañado, y le dijo:

-Deja ya tus fantasías y ve a ayudar a padre, que tiene que llevar unos cerdos al castillo para el banquete del barón. Y no te entretengas por el camino.


Ruborizado y sin decir palabra, salió de la pequeña choza en dirección al corral, preguntándose una y otra vez quién sería aquella chica que sólo él parecía ver.

domingo, 17 de mayo de 2015

I

Cuando Ana salió de la habitación, el jarrón ya estaba roto. Ella solamente había estado leyendo en el sofá. O al menos, eso es lo que le dijo a su madre cuando esta preguntó qué había pasado. Realmente había estado leyendo un buen rato, pero luego encendió su mp3 y se puso a bailar, descalza y feliz, en el centro del salón. Y cuando se cansó de dar vueltas, fue a por un vaso de agua, pero sin dejar de escuchar música. Por eso no escuchó que el jarrón cayera al suelo. Y como no estaba en el salón, tampoco vio nada.
Por un momento, cuando su madre llegó y empezó a gritar, creyó que había sido ella la responsable. Mientras bailaba se había chocado contra el mueble en el que estaba colocada la pieza de cerámica, pero como estaba tan concentrada en la música apenas le prestó atención. Por eso aseguró que no se había movido del sofá. Y como en la casa no había nadie más que ella, su madre no la creyó.

domingo, 10 de mayo de 2015

El viajero

Érase una vez un viajero. Su procedencia era tan desconocida como irrelevante, y el destino de sus viajes era un misterio hasta para él. Nunca permanecía demasiado tiempo en ningún lugar, pues buscaba encontrar un sitio del que no quisiera marcharse. En sus aventuras siempre aprendía cosas nuevas, y avanzaba cada vez más sabio.

En una ocasión, en un pequeño pueblo al norte del país, se encontró con un anciano que pasaba toda la noche en vela, mirando hacia el oeste. Durante el poco tiempo que se quedó allí, observó a aquel hombre sentarse con la vista fija en ninguna parte, sonriendo ilusionado, hasta que amanecía y se iba a dormir, hasta su siguiente vigilia.
- Es estadística, - dijo cuando el viajero le preguntó el motivo de su fijación - algún día el sol empezará a salir por allí, y yo quiero ser el primero en verlo.

En otro de sus viajes, mientras cruzaba el puente que atravesaba el río más largo de la región, se percató de que había un grupo de niños que recogían piedrecitas en la orilla. El viajero se paró a observarles. Cada niño, al parecer, buscaba piedras de un color diferente. Pasado un rato, los niños contaron cuántas tenían, en voz alta. Aquél con mayor número de piedras fue nombrado jefe, y los que habían recogido menos recibieron la tarea de obedecerle. Los chavales con un número de piedras intermedio se dedicaron a ayudar al jefe a buscar más, al mismo tiempo que ponían trabas a los que tenían menos.

En otra ocasión llegó a una ciudad sin nombre. Cuando atravesó sus puertas, nadie vino a recibirle ni dio muestras de haberse percatado de su presencia. Esto le sorprendió, pues en todos los lugares por los que pasaba había alguien que se acercaba y le ofrecía hospitalidad. Sin embargo, en aquel lugar nadie parecía siquiera verle. Extrañado, vagó por la ciudad un buen rato, hasta que un hombre comenzó a hablarle.
-Nadie va a recibirte aquí, forastero, - le dijo - pues desde hace generaciones la gente en esta ciudad nace sin el don de la vista. Ahora ya nadie sale al exterior, puesto que no conocen nada más allá de las paredes de sus casas, y temen perderse por los caminos.
Cuando le preguntó por qué él podía verle, le contestó:
-Un día, sin previo aviso, recuperé la vista. Ignoro el por qué, pero al decírselo a mi familia y amigos, nadie me creyó. Traté de describirles lo que veía, pero como no había nadie en la ciudad que hubiera visto aquellas cosas, me acusaron de mentir y de inventarlo todo, y me declararon loco e inválido. Así que hace tiempo que vivo como un lisiado, y me conformo con pobres limosnas.
Muy afectado por lo que aquel hombre le contó, se marchó de la ciudad dejándole unas monedas.


Acabó en otro de sus viajes en una ciudad cuyo alcalde era un hombre amable y sabio. Tuvo la suerte de poder hablar con él mientras visitaba el ayuntamiento una tarde, y quedó muy impresionado por las ideas que tenía para ir mejorando la productividad de la ciudad. Viendo que el viajero era sabio, el alcalde le habló largo y tendido de las mejoras que quería implantar en la infraestructura de la parte antigua de la ciudad y las medidas que iba a tomar contra el desempleo y para favorecer a las clases sociales más necesitadas. Charlaron sobre actividades para fomentar el turismo y la cultura, discutieron de las ventajas de ciertos modelos de educación. Y cuando el viajero estaba decidido a quedarse a vivir en aquella ciudad, se despertó.